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Un piano con vudú y altar propio

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Pepe Rivero estrena con éxito rotundo su Suite Yoruba en el Festival de Arte Sacro en los Teatros del Canal.

Pepe Rivero tiene vudú, mucho y del bueno, un poder extraño para abrazar con sinceridad todas las músicas que le asisten, aunque el jazz sea la que mejor le define y representa. Hace meses recibió el encargo de soñar esta Suite Yoruba del Festival de Arte Sacro de la Comunidad de Madrid, que el pasado martes se hizo carne en los Teatros del Canal. Al pianista le ha salido una obra mayúscula, sin precedentes -nos atreveríamos a afirmar- en este tipo de fusiones, donde los sinfónico se reconoce en el blues, el swing en el folclore tradicional cubano, lo africano en lo latino… y todo pergeñado con la verdad por delante. Un obrón, que diría Forges.

En el umbral de la velada sonaron tambores negros que fijaron el punto de partida de este viaje monumental, el oeste africano, que ya lo dice Randy Weston: todo nace en África. Inmediatamente el nigeriano Akin puso la palabra justa al trayecto, que posteriormente recaló en Cuba, donde la cultura yoruba tiene hoy, junto a Brasil, uno de sus principales hogares. Sujetándolo todo, las percusiones de Jesús Manuel Catalá, el contrabajo de El Negrón y la batería de Georvis Pico, estimulando el liderazgo pianístico de Pepe Rivero, vestido con traje de un blanco inmaculado como si de un santero se tratara. Y al lado, el colchón orquestal de la sinfónica de la Universidad Alfonso X EL Sabio, dirigida por la entusiasta batuta de Miguel Romea e integrada por jovencísimos músicos que, más allá de sus bondades interpretativas, sorprendieron felizmente por su capacidad de hacer suyo un lenguaje musical radicalmente ajeno a su mundo académico.

Pepe Rivero fijaba el rumbo en el teclado, y entre sus blancas y negras se colaban ecos de blues, sones, rumbas congoleñas y hasta guiños barrocos. Si uno se fijaba, el piano hablaba también en yoruba, aportando una emoción singular, henchida de vida y espiritualidad. Así pues, la noche tuvo muchos acentos, luego plasmados en una literatura insólita, que al final acabó en un canto y baile colectivo, con todos los músicos de la orquesta en pie.

La suite costa de 5 movimientos y tanta era la emotividad en la sala que no vimos necesarias ciertas presentaciones, que rompían efectivamente con el sentimiento que allí se estaba generando. Por otra parte parecía tarea imposible, pues muchas agradecimientos tenía Rivero que dar, incluso a músicos que se incorporaron a la aventura el día anterior. Es la magia del jazzista, del buen jazzista. Hubo solos luminosos del saxofonista Bobby Martínez, también de los trompetistas Roberto Pacheco y, en especial, Manuel Blanco, al que incluso echamos de menos que tuviera un poco más de presencia.

Mención especial merecen las aportaciones de Akin, por supuesto, pero sobre todo del baterista Georvis Pico, que tenía la difícil tarea de adaptarse con su instrumento a todas las sensibilidades instrumentales que allí florecían; Pico estuvo sencillamente sublime, delicado acompañando a la orquesta, poderoso en los envites rítmicos, imaginativo en los puentes aéreos con el jazz… Y siempre con sentido, como también El Negrón, que de perfil cada vez nos recuerda más a Ron Carter.

Pepe Rivero ha construido un altar para la buena música, para sus antepasados y para nosotros, sin saber que era un altar para él. Enorme.

Extraído de elmundo.es.

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